lunes, 23 de noviembre de 2015

¿Cómo hacer para despedir a un compañero de vida?



La muerte es vida vivida, la vida es muerte que viene; la vida no es otra cosa que muerte que anda luciendo. 

Borges




Tal como lo presintió, Argenis, mi amigo Argenis Ortiz, se fue antes de su cumpleaños # 61 previsto para enero del próximo año. No es poca cosa haber previsto su partida. Se nos fue este domingo 22 de noviembre.

Conocí a Argenis hace muchos años, cuando estudiaba primaria y creía en pajaritos preñaos. El y sus dos hermanos, eran tres hermoso niños que su padre Pedro cuidaba como si fueran tres niñas: los arreglaba, los acicalaba y los cuidaba con un fervor poco visto por mi.

Viví muchas cosas con él: estudiamos en liceo Rómulo Gallegos, entramos a la adolescencia juntos, a la juventud juntos, a la política juntos (al MAS de nuestros tormentos), podría decir que entré a la vida tomada de su mano, casi al unísono. Esa hermosa vida que es la adolescencia y que él y yo vivimos plenitud. Nuestras primeras fiestas, aquellas de 7 a 12 de la noche, la hicimos en su casa, allá por la Iglesia del padre Claret, cuando Alonso- mi querido Alonso, que hoy se me multiplica en esta ausencia de Argenis- decía que él y yo andabamos junto; el con una hebilla grandota con el símbolo de amor y paz, sus zapatos machotes, con nuestros LP en un brazo y yo con una cinta en mi cabeza, con mis dedos en V, hablando de amor y paz. Algo de eso hubo. Algo.

Me hubiese gustado nunca-jamás haberlo despedido.

Por hoy dejo estas fotografías como testimonio. Luego la sigo...cuando el dolor y la nostalgia me lo permitan.


jueves, 22 de octubre de 2015

José Ignacio Cabrujas, el que no se ha ido



Conocí a Cabrujas en el 73, cuando fui al cierre de la primera campaña electoral del MAS -el MAS de mis tormentos, como bien él lo definió- en Caracas, con José Vicente como primer abanderado presidencial del partido del puñito. Recuerdo que cuando iba entrando al otrora Nuevo Circo una voz que coordinaba el acto me sedujo: era la voz de José Ignacio que entraba en mi vida para siempre.

Luego comencé a leerlo y a releerlo en los periódicos donde escribía: El Nacional, Punto y el Diario de Caracas. La segunda vez que lo vi fue en un teatro en Chacao, en agosto, cuando hacia una de las últimas funciones de El día que me quieras, donde él actuaba. Lo vi al entrar al recinto y toda yo rodé, no sabia qué hacer; si saludarlo, felicitarlo o no decir nada. Opté por lo último. Ese día para mi el teatro se dividió en antes y después de Cabrujas.

Compré el libro de la obra y pese a que a mi no me gusta leer teatro, lo he releído infinidad de veces; hasta saberme incluso algunas partes de memoria. Cómo olvidar a los personajes de María Luisa, Matilde y Elvira Ancízar, a Gardel (exquisitamente interpretado por Jean Carlos Simanca) y sobre todo a Pio Miranda diciendo: Gardel no me divide la historia o no comprendes que me expulsaron de la vida o a lo mejor se me extravío el mundo. Todo eso en una sola voz, de un abandonado y desesperado que anunciaba su pertenencia a la idea del comunismo sovietizado como única idea capaz de redirmirlo, de darle sentido a una vida que se había quedado extraviada en la historia, como muchas veces dijo Cabrujas que estaba el país.

Ese Pío Miranda que encarno a tantos y tanto compañeros de lucha política que conocí, en diversos partidos de izquierda, incluyendo al MAS, que militaron como Pío, sintieron como Pío y... murieron como Pío, viviendo una entelequia, una idea cosificada y dogmatizada que vació de contenido muchas de sus hermosas propuestas. Todo esos me lo dijo Cabrujas en ese librito chiquito llamado El día que me quieras y en una obra monstruosa llamada El día que me quieras y al cual, con frecuencia regreso, convencida de que encontraré una clave para entender al país, para entendernos, para entenderme y casi nuca falla.

Por eso digo, a 20 años de su ausencia cumplidos este 21 de octubre, que Cabrujas no se ha ido, no se puede ir. Cómo, sí a través de sus discursos seguimos entendiendo al país como oficio, si lo mejor que pudiéramos hacer frente a esta polarización espantosa y ya casi suicida, es pensar a Venezuela como un país donde cabemos todos, donde podemos caber todos, donde debemos caber todos. Por eso digo que José Ignacio no se ha ido, sigue aquí, susurrando al oído -con esa voz orgásmica que a todas y a todos paralizó y sedujo- sus reflexiones, su país según Cabrujas.


Podemos estar en desacuerdo en muchas ideas y situaciones, pero en torno a Cabrujas y su voz, ya nos solo de dramaturgo, sino de taumaturgo -como bien lo definió Alexis Blanco- podemos ponernos de acuerdo. Creo que es posible. Es necesario que sea posible. Sigamos.

viernes, 28 de agosto de 2015

Luis Hómez: veinticinco años después




MorelisGonzalo@gmail.com


Casi me había prometido no volver a escribir más sobre Luis Hómez. Pensaba que era un ciclo que debería cerrarse, en 2011, con su biografía, cuando cumplió 20 años de ausencia; pero este jueves 27 tuiteando con Ramón Soto Urdaneta sobre este aniversario, se me alborotaron las saudades, sobre todo porque siento que Maracaibo- su ciudad, su pasión- casi no lo tiene presente, salvo unos pocos y me pareció tan triste, tan demoledor que decidí escribir este texto solo con el ánimo de recordarlo una vez más, de volverlo a pasar de nuevo por mi corazón, que es lo que significa, etimológicamente, la palabra recordar.

Paradójicamente, cuanto más se resignifica su obra, pareciera haber más desmemoria. Cuánta más falta hace conocer su historia, más olvido pareciera caer sobre ella. No quiero ser lapidaria, pero por ejemplo, que yo sepa este 28 de agosto de 2015, no hay ningún acto público que lo recuerde. Y me parece tan injusto, tan desolador que me produce una tristeza larga, marina. Un cuarto de siglo y apenas lo nombramos, qué pasará cuando hayan transcurrido 20 años más, por ejemplo. Temo que conviertan su quehacer en una reliquia, algo oloroso a pasado y del que apenas se tienen referencia. Que apenas uno que otro memorioso- como Funes- lo recuerde y peor aun; que pocos los conozcan.

Hoy siguen siendo más abundantes los testimonios de carácter oral que los escritos, de modo tal que en la medida que el tiempo pase, la riqueza de ellos, si no los recopilamos, los iremos perdiendo. Aun me encuentro con múltiples anécdotas, donde Luis fue el protagonista, lo cual me genera asombro porque me pregunto cómo pudo hacer tantas cosas en tan poco tiempo. Recordemos que solo tenía 42 años cuando murió. Hoy estaría a punto de cumplir- en septiembre-67.

En cuanto a la memoria escrita, recuerdo con precisión el proyecto esbozado en los 90 en la Fundación Luis Hómez de publicar sus discursos tanto en el parlamento regional como el nacional, sin olvidar su paso por el Consejo Municipal de Maracaibo. También quedó pendiente publicar los ensayos ganadores de dos concursos que se organizaron en la institución acerca de su obra y sobre las fronteras y la interculturalidad. Ojalá que alguien en el futuro los retome.

He pensado durante mucho tiempo que la vida de Luis bien merecería convertirse en el guion de una película, más allá de un documental. Un audiovisual donde se combinara ficción y realidad, donde mezcláramos poesía con política. Recordemos que Luis era un músico formado que cultivaba lo popular con lo académico y que además le gustaba escribir. Tenía buena prosa. Una vez más sueño con que alguien haga realidad esta idea.

El imaginario de los pueblos está lleno de ideas y personas que modelan a sus habitantes. En América Latina este fue colonizados por valores, éticas y estéticas que no corresponden a nuestra realidad. Personajes como Luis Hómez revalorizan los imaginarios sociales, así como los procesos identitarios. En este caso, él logró resemantizar – como nadie- la zulianidad como valor central en esta región, heterogénea y diversa.

Cierro entonces este breve textos como recuerdo permanente a quien hizo de la política un apostolado ético y que se convirtió en Patrimonio Espiritual, referente ineludible en el sueño de una Venezuela honesta y posible. Mi recuerdo eterno para vos, LuisHómez.

lunes, 13 de julio de 2015

¿Dignos de un salario digno?


Nota bene: Este artículo es excelente. Deberíamos reproducirlo y entregarlo  en toda LUZ.

  • Por:
  • STEVEN BERMÚDEZ


El profesorado de LUZ erige sus demandas salariales apoyadas en simulacros. Estos se convierten en marcadores ideológicos de su incomprensión de la sociedad



La fluorescencia nos advierte de la voracidad del sol. Maracaibo nos incinera. Por eso ella viste una blusa azul de mangas cortas. Un juego de colgante y zarcillos enmarcan al impoluto atuendo. Lleva una gorra que se conjunta con la blusa. No sabemos qué ni a quién mira porque sus lentes de sol (de marca, seguro) privatizan la contemplación. La piel del rostro está resguardada del cáncer. Sonríe. En su mano izquierda, una botella de plástico con un líquido verdoso. Podemos maravillarnos de unas uñas pulcras y laboriosamente esculpidas. La mano derecha empuña un aparejo de limpieza y su brazo se estira, torpe, sobre el parabrisas de un carro desconocido. A pocos metros, un cortejo de clicsfotográficos perpetuará la hazaña.(X)
A principios del mes de junio, la Asociación de Profesores de la Universidad del Zulia (APUZ) promovió protestas gremiales con estas palabras incitadoras: ¡Por un salario digno! Debo confesar que hasta hace unos meses yo vivía “dignamente” con mi salario; ahora ya no. Y eso que envejezco y demando pocas pretensiones materiales.
La lucha gremial por un salario digno es incuestionable. Es más bien una perogrullada; a pesar de que mucho profesor universitario que conozco no rinde cuentas, tiene horarios flexibles, presenta trabajos de ascensos en cuartos oscuros frente a jurados amigos, sabe bastante bastante de poquito poquito, tiene una débil formación filosófica, difícilmente puede hablar de un buen libro, una buena película o una buena obra teatral. A pesar de tales futilidades, merecemos un salario decente.
La dimensión “creativa” de las protestas consistió en salir a ciertas zonas de Maracaibo y usurpar la labor de trabajadores callejeros: limpiadores de carros, vendedores de frutas o cuidadores en los estacionamientos públicos. Todo ello para demostrar que esas degradantes ocupaciones lograban, al final del día, mejores “salarios” que los nuestros. En el epicentro de la campaña, nuestra vicerrectora académica representó la actuación que al comienzo describí.
Ahora sabemos que las neuronas espejos son responsables de la empatía emocional; esa capacidad que nos permite ponernos en la posición del otro y sentir lo que él siente. Cuando se salió a la calle y se plagió el trabajo de los “indignos”, no se hizo en un ejercicio de conocimiento, para contrastar las carencias, para estimularse en la metacomprensión de las anomalías sociales. Por el contrario, se hizo para rearfirmar la distancia, por la rabia de sentirse “igualados” con aquellos que no deberían alcanzarnos. Se hizo desde la autoaceptada diferenciación de clase social (¿Olimpo académico?), desde la nula gestión de la empatía. Aún peor: fue el simulacro de una insincera teatralidad, espectáculo televisivo, posmodernidad mal entendida. La interpretación es un lugar. La campaña se asentó, para mí, en un lugar terriblemente discriminatorio. Fue una eficiente representante de lo mal que la universidad gestiona la empatía social. La universidad está emocionalmente enferma, diría Humberto Maturana.
En el caso de nuestra vicerrectora, ahora habría que reclamarle correspondencia: ella debería buscar a alguno de esos muchachos que limpian los carros en una esquina de Maracaibo y dejarlo que administre el vicerrectorado académico de LUZ. Por su cuenta. Por un día. Que reciba, también, el indigno salario que ella se gana. Incluida la deliciosa prima salarial que acaban de adjudicarse por la gran creación intelectual (libros, conferencias, artículos, manuales y patentes) que ellos (rector, vicerrectores y decanos) producen y nos dejaran como herencia. Digo yo.
Sólo por ser recíprocamente dignos.

sábado, 13 de junio de 2015

Sesenta y veinte

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El tiene sesenta años o algo más. Ha vivido intensamente. Se ha casado y se ha divorciado más de una vez. Tiene varios hijos y por supuesto, es abuelo.Se ha enamorado  y se ha desenamorado a lo largo de su zigzagueante vida, una vida que bien merecería una crónica aparte, pero en esta esta no voy a hablar de ella, solo me voy a referir  a uno de sus episodios recientes, por razones de espacio o de simple gusto.

Sucede que una vez más- nuestro personaje- se ha vuelto a enamorar. Pero no es cualquier enamoramiento, es a diferencia de los otros, un enamoramiento sin futuro, sin posibilidades, sin alternativa, que no sea vivir el momento-a- momento, el día-a-día, el segundo-a segundo que la vida azarosa y díscola le ofrece. Ella tiene casi 20 años. Por ello, este enamoramiento es más definitivo y más intenso: son más de 40 años de diferencia.

El, que ha estado con innumerables mujeres,  a veces no sabe qué hacer con está que es menor que su hija menor. El siente que lo que está viviendo lo supera, que ese sentimiento no lo logra contener y que lamenta profundamente no tener 20 años menos, para levantar nuevamente anclas, porque él- dice- no sabe estar con dos mujeres a la vez. Y sin embargo sabe, que la única manera de estar con ella, es seguir con su vida cotidiana, vale decir su esposa, su familia.

El solo habla de ella, de su inteligencia, de su edad, de su belleza. El se sabe enamorado y correspondido. Se sabe querido y con eso le basta para seguir, no sabe hasta dónde. Sufre y goza. Vive con la adrenalina a millón y no le teme  a sus consecuencias, porque dice que cualquier cosa que ocurra estará precedida por una gran felicidad, una gran goce, una exquisita locura, que  bien pudiera ser la última... pero nunca se sabe, sino que lo diga Vargas Llosa que con 79 años decidió vivir una nueva aventura pública, explosiva, sin importarle nada.

De tal modo, que él vive la paradoja de estar enamorado y saber que no puede hacer nada para concretar esa posibilidad. Que no hay alternativa... por ahora. Que debe seguir viviendo esto con el susto de no saber a dónde lo lleva la voraigne, que no le importa, que él va a vivir lo que le toca, como siempre, como si tuviera 20 años menos, sabiendo que no es así. Pero viviendo, como ha sido su consigna a lo largo de su azarosa vida. Viviendo.