domingo, 21 de mayo de 2017

Un domingo en la Maracaibo actual

Hoy es domingo 21 de mayo. Desde el 1 de abril comenzó esta espiral de violencia con las guarimbas, pero que creía que ya, para esta fecha, 51 días después, todo estaría resuelto. Lamentablemente no ha ocurrido así y henos aquí, viviendo en una situación de guerra. Es esa la mejor imagen que tengo para expresar lo que vivo y vivimos buena parte de los venezolanos.

Vengo de un padre que logró salvarse de ser fusilado en la Guerra Civil Española y que, supongo, vivió toda esa locura desatada por Franco cuando decidió desconocer a la República. Jamás imaginé que pudiera vivir algo parecido. En estos días decía que lo único que faltaba para vivir en guerra era la sirena que anunciaban los bombardeos. Pues recién me entero que ya en San Antonio de Los Altos y en San Diego, en el Estado Miranda, la están usando. Esa zona la tienen tomada los irregulares hace más de una semana. Allí se hicieron del poder y controlan todo. No logro entender cómo y dónde está el gobierno.

Con frecuencia me gusta salir los domingos a ver algo en el Centro de Arte Lía de Bermudez y lo que hay en los otros museos. Ya hoy no me provoca, aparte de que me da terror encontrarme con una guarimba donde te asaltan,  te quitan teléfono, dinero, gasolina. Ya se han denunciado violaciones y secuestros. Los malandros devenidos en guarimberos y viceversa. Esto es invivible. Todas nuestras rutinas alteradas. 

Por supuesto tengo una anomia que va in crescendo. No me provoca nada. Duermo y leo mucho. Quisiera dormirme y despertar cuando todo esto haya pasado. Pero no hay luz al final del túnel. No consigo un resquisicio de dónde agarrarme.

Mañana debería ir al odontologo, hay cierta urgencia en ello y, verme con una abogada para resolver un problema de convivencia que tengo con la vecina de arriba de mi apartamento, que me ha hecho mucho daño a la infraestructura del mío. Ignoro sí podré salir. Ignoro sí querré salir.

Así se va el día, revisando correos, noticias y las redes, esa formidable arma de guerra que nos ataca en lo más vulnerable y lo más precioso del ser humano: su siquis, su alma, su voluntad. Para mi la más dañina es FC, con la cual me conecté recientemente. En algún momento debo dejarla.

Como poco, muy poco y menos ahora que tengo un desequilibrio estomacal que no me permite retener casi nada. Tampoco me da hambre como tal. Me da un poco de acidez y por eso ingiero alimentos, pero no me provoca cocinar, aunque sí los compro. Me aterra la idea de quedarme sin nada en mi despensa y en mi nevera. Paranoias de tanto haber leído sobre la II Guerra Mundial, la GCV, los nazis, los getos. Ay dios, tantas lecturas que siempre me resultaron lejanas, como la discriminación contra los judíos y que ahora la siento en contra de los chavistas.

Ayer sábado 20 fui a un supermercado de la zona, mayoritariamente de clase media. Allí vi una escena que seguramente comienza a hacerse cotidiana: una señora le dice a un señor que no se vaya a colar, este le responde que él no lo va a hacer porque, entre otras cosas, " él no es chavista" para hacer eso. Sin ton ni son hizo la acotación. Nadie contestó pero las sonrisas funcionaron como  señal de aprobación, a los pocos minutos nuevamente alguien- creo que un conocido- le recuerda que se quería colar y este le repite que él no es chavista, en cambio quien lo está señalando sí: Tú si eres chavista, nadie dice nada, pero nadie sonríe y creo ver un instante de terror en los ojos del señor señalado, quien se aleja rápidamente de la zona " de conflicto" y en esa rapidez se le cae una bolsa de cebollas, el señor- de cierta edad- lo noto un tanto nervioso y acudo y le facilito una bolsa para que pueda irse lo más pronto posible, mientras el otro seguía insistiendo en su filiación chavista, que el señalado no desmentía pero tampoco aceptaba. Una escena que de seguro se irá volviendo cotidiana. Lamentablemente.

Decidí escribir estas crónicas, anotaciones, porque sino siento que voy a explotar. Vivo como si estuviera en un gueto. Con temor  a salir. Con temor a ver las noticias y encontrarme nuevos muertos y nuevos saqueos. Con temor a encontrarme a un país, a una ciudad y a unos connacionales que no reconozco o en  los que no me reconozco o no me quiero reconocer.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Castejón

Diciembre 2105. Calle Carabobo.


Nombro Castejón y digo Universidad, en especial Universidad del Zulia. Nombro Castejón y digo compromiso.  Nombro Castejón y digo Venezuela. Nombro Castejón y digo MAS de mis tormentos.

Ahora sé que hay personas que las pensamos eternas, una de ella era Castejón. Siempre vital, siempre presto. Siempre lo vi dedicado a algo, comprometido con algo. No todas las veces coincidíamos, pero siempre le reconocí su entrega, su bonhomía y su buen humor. Siempre tuve la sensación de que él  andaba contento, muy contento por la vida. Solo una vez lo vi bravo, allá en los lejanos 70 en una discusión de la Juventud del MAS, donde para todo enarbolábamos a Haberman y él, harto y molesto con ese estribillo, nos dijo que ya estaba cansado de Haberman, qué el también lo había leído.  Y luego, nunca más.


Decano de la Facultad Ciencias de LUZ -en más de una oportunidad- la facultad que tanto impulsó y la que ayudó a que dejara de ser experimental (aunque algunas autoridades de LUZ, aun lo ignoren), Vicerrector académico, candidato a Rector, director de la OPSU y Autoridad única de Educación en el Zulia,   en el gobierno de Arias Cárdenas, destacó en todos estos cargo por su capacidad de trabajo y de diálogo. Tenía algo que a veces me molestaba y que ahora entiendo: a  casi nada ni a nadie le decía que no. Famoso era el chiste en la universidad donde decían que la gente entraba brava a hablar con él y salía contenta.

Militante comunista y luego fundador del MAS. Fue durante sus 77 años, consecuente con sus ideas. Respaldó al gobierno chavista desde el principio organizando, junto a otros profesores, el movimiento Unipropaz de LUZ, el cual fue durante un largo tiempo, una especie de ágora donde los universitarios discutían y reflexionaban sobre el quehacer del país, acosado por un golpe de estado, un paro petrolero y un permanente saboteo a su quehacer.  Enemigo de sectarismos y fanatismos, cultivó el entendimiento con todos los sectores. En su despedida esto se hizo evidente,  allí asistieron representantes de todas las tendencias.


Castejón era como lo conocía casi todo el mundo. Sus más allegados lo llamaban por su nombre pila: Antonio. Muchos los creían familia de otros castejones de LUZ, pero no, Castejón (el nuestro) era de Caracas, donde había estudiado matemáticas en la UCV y luego al comienzo de los 70, se vino a esta tierra que hizo suya y a la que tanto le dio.


En todos los acontecimientos importantes del país y la región, en las últimas 4 décadas en los que he estado presente, veo a Castejón, opinando, escribiendo, alertando. El siempre estaba allí y eso me daba sosiego, calma. Siempre anduvimos por la misma senda, si no nos encontrábamos al principio, nos contrabatamos al final y eso me confirmaba, me justificaba.  Y no solo coincidíamos en los actos políticos, en los de la cultura también, infinidad de veces nos vimos en recitales de poseía, musicales, teatro, etc. Siempre con Sara, su eterna compañera y con su hijo José Tomás.

Recuerdo su voz y sonrío ¿Cuántas veces escuché ese sonido, esa risa, esa vehemencia? Incontable. Hoy vuelvo a recordarla  y vuelvo a sonreír, sabiendo que ya no lo volveré a ver, ni a leer ni a escuchar  ese vozarrón que era tan famoso, que solo mi memoria me devolverá esos sonidos y esas imágenes y agradeceré a la vida haberlo conocido. Sí señor: fue uno de mis referentes, junto a Aquiles Materán, a Luis Hómez, entre otros y qué orgullosa me siento de ellos.
 

Sé que, seguramente, no era amigo de los grandes homenajes, pero me hubiese gustado despedirlo en su Facultad de Ciencias o en el Rectorado de LUZ,  su casa por antonomasia, no en ese espacio y frío de una funeraria. Tú vital, tú pensador,  tú creador, eres una parte fundamental de esta universidad. El día que se cuente la historia de los verdaderos hacedores de nuestra alma máter, de sus verdaderos defensores, tú (o mejor vos) ocuparás un lugar central. Estoy segura.

En la universidad le decían  doctor Chapatín y él se sonreía; en verdad se parecía a ese personaje, con su pelo blanco y su actitud de científico. Me agrada pensar que disfrutó mucho, que se negó pocas cosas, que se bebió la vida a sorbito y en grandes tragos. Tuvo 8 hijos, pero en especial lo recuerdo dedicado al último, a José Tomás, benjamín que le ha dado (y le seguirá dando)  lustre y esplendor a ese apellido.


¡Ay Castejón cuánto te vamos a extrañar! Prometo sonreír cada vez que te recuerde.
 

domingo, 24 de abril de 2016

El

Ella soñó con él, como casi nunca ocurría. Ella soñó que se deslizaba desde arriba, de un árbol tal vez, y se posaba en él, recorriéndolo con su cuerpo hasta quedar en horcajada, encima de su ingle, al mismo tiempo que le decía qué cosa tan exquisita, como alguna vez lo sintió y como seguramente, más de una vez lo hizo. El le decía que más exquisito era para él volverla a sentir, a oler. Ella fue inmensamente feliz, como hacía mucho no lo era ni siquiera en sueños.

Ella no lograba creer que había soñado con él y que había sido agradable. Desde siempre, las pocas veces que lo había hecho, terminaba casi que llorando, mejor dicho llorando y mucho. Sentía que ni siquiera en sueños la historia tenia un final feliz, pero ahora todo había sido diferente y más que un sueño, había sido un recuerdo enriquecido. Un regalo ante tanta sequía y tanto desamor. Pero asombrosamente, ella no sintió nostalgia. Simplemente sintió.

Ella tenía tiempo que no escribía sobre él. Ella tenía tiempo que no era feliz con el recuerdo de él.








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lunes, 23 de noviembre de 2015

¿Cómo hacer para despedir a un compañero de vida?



La muerte es vida vivida, la vida es muerte que viene; la vida no es otra cosa que muerte que anda luciendo. 

Borges




Tal como lo presintió, Argenis, mi amigo Argenis Ortiz, se fue antes de su cumpleaños # 61 previsto para enero del próximo año. No es poca cosa haber previsto su partida. Se nos fue este domingo 22 de noviembre.

Conocí a Argenis hace muchos años, cuando estudiaba primaria y creía en pajaritos preñaos. El y sus dos hermanos, eran tres hermoso niños que su padre Pedro cuidaba como si fueran tres niñas: los arreglaba, los acicalaba y los cuidaba con un fervor poco visto por mi.

Viví muchas cosas con él: estudiamos en liceo Rómulo Gallegos, entramos a la adolescencia juntos, a la juventud juntos, a la política juntos (al MAS de nuestros tormentos), podría decir que entré a la vida tomada de su mano, casi al unísono. Esa hermosa vida que es la adolescencia y que él y yo vivimos plenitud. Nuestras primeras fiestas, aquellas de 7 a 12 de la noche, la hicimos en su casa, allá por la Iglesia del padre Claret, cuando Alonso- mi querido Alonso, que hoy se me multiplica en esta ausencia de Argenis- decía que él y yo andabamos junto; el con una hebilla grandota con el símbolo de amor y paz, sus zapatos machotes, con nuestros LP en un brazo y yo con una cinta en mi cabeza, con mis dedos en V, hablando de amor y paz. Algo de eso hubo. Algo.

Me hubiese gustado nunca-jamás haberlo despedido.

Por hoy dejo estas fotografías como testimonio. Luego la sigo...cuando el dolor y la nostalgia me lo permitan.


jueves, 22 de octubre de 2015

José Ignacio Cabrujas, el que no se ha ido



Conocí a Cabrujas en el 73, cuando fui al cierre de la primera campaña electoral del MAS -el MAS de mis tormentos, como bien él lo definió- en Caracas, con José Vicente como primer abanderado presidencial del partido del puñito. Recuerdo que cuando iba entrando al otrora Nuevo Circo una voz que coordinaba el acto me sedujo: era la voz de José Ignacio que entraba en mi vida para siempre.

Luego comencé a leerlo y a releerlo en los periódicos donde escribía: El Nacional, Punto y el Diario de Caracas. La segunda vez que lo vi fue en un teatro en Chacao, en agosto, cuando hacia una de las últimas funciones de El día que me quieras, donde él actuaba. Lo vi al entrar al recinto y toda yo rodé, no sabia qué hacer; si saludarlo, felicitarlo o no decir nada. Opté por lo último. Ese día para mi el teatro se dividió en antes y después de Cabrujas.

Compré el libro de la obra y pese a que a mi no me gusta leer teatro, lo he releído infinidad de veces; hasta saberme incluso algunas partes de memoria. Cómo olvidar a los personajes de María Luisa, Matilde y Elvira Ancízar, a Gardel (exquisitamente interpretado por Jean Carlos Simanca) y sobre todo a Pio Miranda diciendo: Gardel no me divide la historia o no comprendes que me expulsaron de la vida o a lo mejor se me extravío el mundo. Todo eso en una sola voz, de un abandonado y desesperado que anunciaba su pertenencia a la idea del comunismo sovietizado como única idea capaz de redirmirlo, de darle sentido a una vida que se había quedado extraviada en la historia, como muchas veces dijo Cabrujas que estaba el país.

Ese Pío Miranda que encarno a tantos y tanto compañeros de lucha política que conocí, en diversos partidos de izquierda, incluyendo al MAS, que militaron como Pío, sintieron como Pío y... murieron como Pío, viviendo una entelequia, una idea cosificada y dogmatizada que vació de contenido muchas de sus hermosas propuestas. Todo esos me lo dijo Cabrujas en ese librito chiquito llamado El día que me quieras y en una obra monstruosa llamada El día que me quieras y al cual, con frecuencia regreso, convencida de que encontraré una clave para entender al país, para entendernos, para entenderme y casi nuca falla.

Por eso digo, a 20 años de su ausencia cumplidos este 21 de octubre, que Cabrujas no se ha ido, no se puede ir. Cómo, sí a través de sus discursos seguimos entendiendo al país como oficio, si lo mejor que pudiéramos hacer frente a esta polarización espantosa y ya casi suicida, es pensar a Venezuela como un país donde cabemos todos, donde podemos caber todos, donde debemos caber todos. Por eso digo que José Ignacio no se ha ido, sigue aquí, susurrando al oído -con esa voz orgásmica que a todas y a todos paralizó y sedujo- sus reflexiones, su país según Cabrujas.


Podemos estar en desacuerdo en muchas ideas y situaciones, pero en torno a Cabrujas y su voz, ya nos solo de dramaturgo, sino de taumaturgo -como bien lo definió Alexis Blanco- podemos ponernos de acuerdo. Creo que es posible. Es necesario que sea posible. Sigamos.